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jueves, 6 de febrero de 2014

Como dos extraños


¿De qué te olvidas? La mano estuvo cuando la necesitaste; la voz cuando tus gritos ensordecían los míos, y el desvelo propio a tu servicio. Me llamaste compañero, hermano, amigo... amor. Caminé a tu lado, fui el tapete de tus rodillas raspadas, la sobriedad de tus desvarios. ¿De qué te asombras? Algún día todo iba a terminar. Los caminos se separan y las gaviotas se cansan de volar juntas; muere la risa y el atardecer consume los rayos de luz. Hoy el pasado se extinguió y tus manos se apartaron de las mías. ¿Por qué lloras? Habrá una nueva mañana y una nueva voz que te necesite y que te procure. Todo termina; aún el tiempo tiene sus días contados, porque no hay principio sin fin. Este día sólo te tienes a ti, mañana no existes y por mi parte, en el ayer me perdí.

¿De quién necesitas?


Jorge López García.
  "El Malevólico"



martes, 5 de noviembre de 2013

Horizonte infinito...







Los caminos detrás del presente, se perdían en la ladera boscosa de la montaña. El aire era fresco, de mil aromas que embriagan al caminante y lo mantienen lejos de la nostalgia. Las flores acariciaban mis dedos; me rosaban sus pétalos de terciopelo, esparciendo esperanza a una fe minada por las filosas rocas que rompieron uñas, voluntad y huesos. Los primeros rayos del sol calentaron mi cuerpo entumecido y casi finado; los vestidos que me cubrían, se lavaron con el rocío sobre la hierba. Enterré los pies en la tierra aún húmeda, pero a cada paso se volvía más seca y endurecida. Alcé la frente, enaltecida por la humildad que me quedó al perder todo.

Delante de mí, se abría una extensa pradera; perpetua ante la vista. Los verdes eternos de los impetuosos forrajes en las cordilleras, escarchados durante el invierno y coloridos en primavera, se alejaban de mi espalda, como esas pasiones que te consumen arropado en el lecho de una hermosa piel morena --que una vez amé. El cielo y el alba, en todas sus tonalidades, me vislumbran más dolores y sinsabores; augurios inciertos se esconden detrás de los cirros incendiados. La estrella vespertina, misericordiosa, despliega su radiante brillo, es el camino sin huella que nos ofrece el destino.

Será por siempre el solitario sendero, de bellezas indescriptibles y soledades perpetuas; la casa del nómada, el inconforme, el desamparado, el forajido y del orgullo abatido que a gritos pide olvido. Comienza un nuevo día en los parpados de la vida. Alguna vez dije adiós en mi memoria extraviada; amé, extrañé y fallecí secuestrado por el instinto. Ahora camino sólo, mis manos están vacías. Nada me detiene y nada retengo, porque será el espíritu, el que otorgue tranquilidad a mi cuerpo abatido. Para siempre juré, y por todos los errores, una piedra fue colocada en la planta sangrante que me sostiene. No soy más que polvo y tú, mi Señor, eres el viento que me conduce al horizonte infinito.

Hasta siempre, amor querido...



Jorge López García
"El Malevólico"

domingo, 27 de octubre de 2013

CONEJO DE LUNA...



Camino sobre la faz de la luna, en mis sueños y con los ojos abiertos. Pensando en la soledad del conejo que todas las noches me sigue desde su lado del espejo.
Es verdad lo que dicen; parece que aquí todo reposa con quietud; con gracia. La arena no se precipita sobre mis ojos, que en la Tierra siempre se duelen enrojecidos y cubiertos de lágrimas. El aire de la luna no me hace suspirar, no siento mi pecho oprimido. Creo que si respiro profundamente comenzaría a flotar... ¡Mi cuerpo es tan ligero!
Antes imaginaba, pero ahora me convenzo, que fue bueno visitar a mi amigo conejo, y aunque aún no consigo verle, sé que está aquí; tímido de mi improperio, asustado o tal vez molesto. No se debe ir al lugar de nadie sin convenirlo a buen tiempo.
Él permanece escondido en la blanca arena, observándome con sus ojos de perla; se encuentra pensando que mis motivos no son razones para violentar su calma; para dejar a un lado su tristeza. ¿Acaso no existe lugar donde pueda abrazar la miseria y dejar migajas de lástima esparcidas sobre la mesa?
¿Acaso no vengo buscando lo mismo? ¿No estoy huyendo del bullicio que me juzga y me atemoriza? Soy invasor de su espacio. Mendigo la misericordia de su aislamiento, y suplicaré de ser necesario porque no deseo volver sobre mis pasos. Los cazadores que le ahuyentaron también me están esperando, no importa cuánto corra, sus disparos certeros romperán mi corazón maltrecho, cortarán mis brazos y piernas, y mi alma, pendiendo de un llavero; servirá para un insignificante recuerdo.
¿Por qué estás aquí, amigo conejo? ¿Escuchaste al viento cantar con miedo y amargura de aquellos pobres hombres que un día caminaron muertos, con los ojos abiertos y creyendo que sus sueños son la esperanza verdadera? ¡Hombres que fallecen cubiertos con mortajas de resentimiento!
Permite quedarme amigo conejo, a la sombra de tu voluntad piadosa; en la otra cara de tu luna blanca. Comparte conmigo la confortable insensibilidad del espacio para que pueda contemplar en silencio las estrellas. No necesitas compañía, lo sé; sin embargo, tarde o temprano alguien vendrá a poner luces en la oscuridad de tu casa, sin tu consentimiento.
      Yo sólo tolero tu reflejo y también he visto que sólo asientes visitar éste, mi abismo, al cual me siento tan comprometido que salir de él no consiento. Pero si en tu casa me recibes, te prometo que a los hombres veremos nacer, vivir y morir desde nuestro sueño infinito; fuera del tiempo. Cada quien en su parte de luna; tú, desde su cara blanca, y yo desde la soledad oscura.



Jorge López García
"El Malevólico"