jueves, 7 de noviembre de 2013

El teatro de Filipo y Soberón



Se levanta el telón y dos figuras pasean por el entarimado.
Detrás de ellos sólo un fondo oscuro acompaña a los ancianos actores: Filipo y Soberón.


Filipo:
No hay mucho qué decir, realmente.

Soberón:
Es la sensación de tener a toda esta gente mirando cada uno de nuestros pasos.

Filipo:
¿Es que acaso no te has dado cuenta que el teatro está cerrado?

Soberón:
¿Es que tú no te has dado cuenta que la función terminó hace años?

"Presentación"



Buenas noches a todos.
Bienvenidos sean a este recinto del entretenimiento,
esperamos poder motivar sus lágrimas, risas y sobre todo
sus aplausos y atenciones...

¡Qué comience la función!



martes, 5 de noviembre de 2013

Cada vez más vacío...



Porque la "razón" no conversa,
sólo mantiene un monólogo de necedades...



Y me falta el sabor de un beso
en las grietas resecas de tu partida.
Tal vez nunca fuiste mía
y siempre soñé de noche, y a veces...


Quizá me encuentro del lado incorrecto del espejo;
tropecé con los restos de caña dulce de pasiones,
mojé la leña de mi hogar y abrí la puerta al invierno.
Me gustan las montañas nevadas y su blanco sepulcral.


Muchos días te imaginé en brazos ajenos,
muchas noches bebí de bocas inconformes
con un grado de sinsabor en nuestras lenguas.
Me gasté una mala broma hablando del tema.


Necesito una escusa para escribir algo torcido,
para molestarme las buenas intenciones
y que cualquiera me señale por ser detestable;
una simple razón para tener el odio requerido...



Porque la ira es el viejo motor que pone en marcha
a la más inútil de las voluntades...



Jorge López García
"El malevólico"

Horizonte infinito...







Los caminos detrás del presente, se perdían en la ladera boscosa de la montaña. El aire era fresco, de mil aromas que embriagan al caminante y lo mantienen lejos de la nostalgia. Las flores acariciaban mis dedos; me rosaban sus pétalos de terciopelo, esparciendo esperanza a una fe minada por las filosas rocas que rompieron uñas, voluntad y huesos. Los primeros rayos del sol calentaron mi cuerpo entumecido y casi finado; los vestidos que me cubrían, se lavaron con el rocío sobre la hierba. Enterré los pies en la tierra aún húmeda, pero a cada paso se volvía más seca y endurecida. Alcé la frente, enaltecida por la humildad que me quedó al perder todo.

Delante de mí, se abría una extensa pradera; perpetua ante la vista. Los verdes eternos de los impetuosos forrajes en las cordilleras, escarchados durante el invierno y coloridos en primavera, se alejaban de mi espalda, como esas pasiones que te consumen arropado en el lecho de una hermosa piel morena --que una vez amé. El cielo y el alba, en todas sus tonalidades, me vislumbran más dolores y sinsabores; augurios inciertos se esconden detrás de los cirros incendiados. La estrella vespertina, misericordiosa, despliega su radiante brillo, es el camino sin huella que nos ofrece el destino.

Será por siempre el solitario sendero, de bellezas indescriptibles y soledades perpetuas; la casa del nómada, el inconforme, el desamparado, el forajido y del orgullo abatido que a gritos pide olvido. Comienza un nuevo día en los parpados de la vida. Alguna vez dije adiós en mi memoria extraviada; amé, extrañé y fallecí secuestrado por el instinto. Ahora camino sólo, mis manos están vacías. Nada me detiene y nada retengo, porque será el espíritu, el que otorgue tranquilidad a mi cuerpo abatido. Para siempre juré, y por todos los errores, una piedra fue colocada en la planta sangrante que me sostiene. No soy más que polvo y tú, mi Señor, eres el viento que me conduce al horizonte infinito.

Hasta siempre, amor querido...



Jorge López García
"El Malevólico"